Yo, mí, me, conmigo…

Por definición, según la RAE, un equipo es un “grupo de personas organizado para una investigación o servicio determinados“, mientras que en el ámbito estrictamente deportivo significaría “cada uno de los grupos que se disputan el triunfo“. Yendo un poco más allá, trabajar en equipo es “el trabajo hecho por varios individuos donde cada uno hace una parte pero todos con un objetivo común“.

Todo esto viene porque en lo que es un equipo deportivo, el concepto “equipo” va más allá de los propios jugadores y cuerpo técnico. Cada familiar, colaborador, miembro del club y hasta seguidor esporádico, forma parte de ese equipo humano el cual tendría en sus manos la progresión y el rumbo de todo.

No es bueno delegar todo sin más a la terna club-entrenador-jugadoras y más en el deporte base. Como padres y madres, estamos siempre implicados en la logística familiar, además de subvencionar el coste económico que supone que un hijo o hija realice una actividad deportiva.

También es siempre importante estar involucrados con la propia actividad, por el bien de nuestros hijos y de paso para demostrarles que lo que hacen nos interesa y les apoyamos en cualquier circunstancia. Hacerles ver que nuestro tiempo es también dedicado a seguirles y ayudarles en sus actividades consideradas más lúdicas es vital para la relación paterno-filial y especialmente en la adolescencia.

Así, se pasa por diversas fases en los equipos y también individualmente se suele tener una evolución. La habremos vivido si tenemos hijos en categorías más allá de la etapa alevín.

Las fases más comunes

En la fase inicial en que nuestros hijos empiezan a probar una actividad deportiva, todo es comprensión, nivel de exigencia mínimo y búsqueda de la diversión por encima de todo.

La segunda fase es en la que, con el paso de los años, los chicos y chicas empiezan a mostrar claramente sus habilidades y su competitividad. Se suele ir tirando de tolerancia y se mezclan en los mismos equipos ambas formas de entender el deporte base y de formación.

En una tercera fase ya hay definidos con bastante claridad quiénes se toman la actividad en serio, sirven en cierto modo para ella y quieren progresar; y aquellos a los que o bien no les motiva esa subida de exigencia o sus hijos no alcanzan el ritmo del resto, acaban por convencerse de que no es buena tanta exigencia y competitividad.

Cuando se han cumplido estas tres fases, suele ser el momento decisivo para los equipos. O se ha conseguido ir todos a una, o los equipos se van a quebrantar. Y lo van a hacer decantando la balanza a uno u otro lado. Ir todos a una suele ser muy complicado, por no decir imposible, con lo cual se acaba produciendo una especie de guerra de poder para convertir el equipo en una cosa u otra. Un grupo para competir en serio o un grupo para que los chicos y chicas hagan una actividad y poco más.

El gran problema llegados a este punto es que no haya nadie que marque unas directrices, que “pilote” la nave. Suele pasar que por falta de autoridad, de interés o de personalidad, se acabe dejando todo al destino. ¿Qué fue del trabajo en equipo por una misma causa?

La evolución de las personas y sus personalidades

Durante las tres fases anteriores suele haber una evolución también en lo personal. Hablamos a estas alturas de evolución en jugadores/as y en sus familias. Los chicos dejan la infancia y entran en la adolescencia. Cambios hormonales, de carácter, físicos, de amistades, influencias… También las familias se ven marcadas por esos cambios y por supuesto, por la forma de ir entendiendo la actividad.

Quiero que mi hijo juegue en un equipo y quiero mantenerme en un grupo. Si para ello ha de ser el grupo el que se adapte al nivel y condiciones de mi hijo/a, pues que lo haga, que yo pago una actividad. No me gusta que bajen a mi hijo/a de nivel, que no lo convoquen, que lo manden a otro grupo… Cuesta reconocer que nuestro hijo/a no está al nivel de sus compañeros y lo vivimos como un fracaso personal. En este punto nos equivocamos y gravemente. Sale la sobreprotección enfermiza que ejercemos sobre nuestros hijos e hijas y no nos damos cuenta del daño que les hacemos, ya que la vida son éxitos, pero también fracasos. No les permitimos saber gestionar la frustración, que nadie les haga de menos, son nuestros pequeños…

Evolucionan los hijos, pero también lo hacemos los padres, y al final lo que ocurre es que se pierde el sentido de la palabra equipo, grupo, trabajo en común…

¿Qué fue del equipo?

El equipo sigue ahí. Pero el espíritu de equipo se diluye. Y es cuando suele salir el egoísmo que acaba por ser el cáncer de los equipos mal gestionados y suele ser un egoísmo no de jugadores, sino de las familias. Triunfa el “yo, mí, me, conmigo” mientras que los hijos/as siguen siendo igual de amigos a pesar de las circunstancias. Nos dan ellos una lección de convivencia que nuestro egoísmo ya no nos deja ni ver.

Así se llega a sólo defender al entrenador con el que más juega mi chico/a, a alabar a los jugadores/as que más juego dan a nuestro hijo/a, atacar a aquellos que consideramos egoístas en su juego… También en temas más extradeportivos sale el egoísmo y cada uno barre para su casa, a su beneficio. Actividades que no interesan a mi hijo/a, no reciben apoyo ni seguimiento, viajes, torneos, iniciativas,… sólo si interesan o van a beneficiar a mi retoño.

Y se acabó lo que quedaba de espíritu de equipo y grupo. Me da igual cómo vaya el equipo o el grupo si mi hijo o hija está conforme con lo que hay. No quiero saber más. ¿Mi hijo/a está bien y contento? Más que suficiente. Que nadie cambie nada porque cualquiera que quiera cambiar algo será una amenaza a la zona de confort que hemos construido para nuestros hijos/as.

Trabajar por el grupo, mirar por el futuro, poner metas, objetivos, planes… si pueden alterar esa zona de confort no los querremos.

En lo referente a los padres y madres, los que se involucraban e implicaban se acaban cansando y abandonando, ya que tirar de un carro tan pesado es agotador. Al principio el carro esta medio lleno de gente pasiva, luego o se va completando o directamente es gente que no sólo aporta carga, sino que pone palos en las ruedas. Así las cosas es imposible continuar trabajando “en equipo” y cada uno hace la guerra por su cuenta. Esto en el mejor de los casos, porque en otros se forman bandos o camarillas que sólo hacen que perjudicar el bien común, un bien común que a estas alturas ya ni suele existir porque cada uno entiende de su bien particular, no del común.

Y el desenlace

El equipo se rompe, todo salta por los aires si no hay un elemento aglutinador que ha de surgir del club sí o sí. Nadie quiere renunciar a nada y todo es hacer la guerra por cuenta propia. Es cuestión de tiempo que lo que fue un equipo, un grupo humano, se acabe por desintegrar para siempre. Y al final ¿por qué? por esa falta de personalidad y autoridad de los organizadores del club, cuando no de interés, por no dotar de autoridad a los cuerpos técnicos y por el egoísmo individual.

Nadie colabora, nadie aporta, nadie opina de cara, nadie expone su punto de vista para debatirlo y sólo hay juego subterráneo del peor posible hasta llevarlo a ser algo personal, lo que lo hace aún más penoso.

Por supuesto hay equipos que no viven este proceso, pero suelen ser los menos. ¿Alguien no ha vivido este proceso en un equipo de deporte base en el que haya pasado unos cuantos años?

El gran culpable: los egos. Los perjudicados: nuestros hijos/as.

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